Ainhoa Iribar Lizeaga

08/10/2021

El pasado lunes, sobre las 17:00 de la tarde, más de una persona, (por no decir casi todos/as) cogimos nuestro móvil y nos dimos cuenta de que algo no iba como de costumbre. A mí la situación me pilló en casa, volvía del trabajo con la intención de sentarme cinco minutos en el sofá y es cuando empecé a mosquearme al pensar si tenía algún problema de conexión.

En honor a la verdad, soy consciente de que el mundo de los cables y los aparatos no es mi mundo, y es por ello que no puse especial interés ni esfuerzo. Eso sí, enseguida me di cuenta de que sí tenía conexión a internet y que lo que dejó de funcionar eran las aplicaciones que utilizo con frecuencia (no las voy a mencionar porque se han escuchado bastante a lo largo de esta semana).

Dadas las circunstancias, tengo que reconocer que en principio noté un punto de ansiedad. Normalmente mientras estoy trabajando no suelo hacer mucho caso a los mensajes que pueden guardar relación con temas personales y suelo aprovechar ese momento del sofá para responderlos. De todos modos, al ver la situación, me di cuenta de que probablemente esa tarde no podría llegar a contestar, sin tener además la posibilidad de prever cuánto se prolongaría la situación.

Sin embargo, a medida que avanzaba la tarde, me fui relajando y no sólo eso, sino que me di cuenta de que había estado más tranquila de lo habitual.

Llegó el momento de ir a la cama y aproveché los últimos momentos del día para reflexionar sobre la situación. Me acordé de que en el pasado éramos capaces de comunicarnos, sin esas aplicaciones y sin incluso teléfono. Me vino a la cabeza las veces que esperamos a esa amiga del grupo que siempre llegaba tarde y no podíamos comunicarnos con ella para saber el motivo. Por su culpa (o gracias a ella), me vinieron a la memoria las situaciones surrealistas que nos surgieron a lo largo de los años. Además, me di cuenta que por aquél entonces me comunicaba mucho mejor por teléfono que lo que hoy en día hago por mensaje. Menos llamadas sí, pero éstas eran más bonitas o más cercanas que los mensajes que recibo ahora.

Sin embargo, a pesar de todo esto, hoy en día influenciada por contexto y las innovaciones, recurro constantemente a estas aplicaciones. El «directo» de una llamada me pone nerviosa en la actualidad y desgraciadamente me olvido totalmente de las ventajas que ofrece esta posibilidad. A su vez, el lunes vi claramente que esas aplicaciones me producen un alto grado de dependencia y ansiedad, tal y como quedo latente ese día.

¿Cómo actuar a partir de ahora?

Cada cual, como pueda y como quiera. Eso sí, deberíamos tener claro que a veces un vacío nos abre las puertas a nuevas oportunidades y nos permite dar pasos incluso hacía atrás. Por tanto, está en nuestras manos avanzar o retroceder, pero teniendo claro que retroceder hace posible rememorar y poner en práctica lo que aprendimos en su momento y hemos llegado a olvidar.

Y tú, ¿por qué opción optas?